Se llamaba Marisela Escobedo. Fue una madre coraje que no se cansó de pedir justicia para su hija Rubí, de 16 años, asesinada en agosto de 2008 presuntamente a manos de su ex-pareja, Sergio Barraza Bocanegra. Su obstinación logró que la policía no dejara el caso en el olvido y detuviera al supuesto agresor que, sin embargo, fue liberado poco después por los Tribunales al considerar que no había pruebas suficientes. Marisela no cejó en su empeño y, aun amenazada de muerte, llevó su reivindicación hasta las mismas puertas del Palacio de Gobierno de Chihuahua. Si debía morir, dijo, que fuera allí para "vergüenza del Gobierno". Así fue. El 16 de diciembre tres balazos acabaron con su vida.
La opinión pública y la comunidad internacional recibieron consternados la noticia. La paradoja es que hasta los propios narcos se han ofrecido a dar con los asesinos de Marisela.
jueves, 30 de diciembre de 2010
miércoles, 15 de diciembre de 2010
Católicos buscan "sanar" a los homosexuales
Algunos jerarcas de la Iglesia Católica de México y asociaciones civiles vinculadas a ella han emprendido la tarea para, dicen, ayudar a los homosexuales a encontrar el "camino de la salvación". Oraciones para alejar el deseo por una persona del mismo sexo, o rezar cuando se cede a la tentación, y arrepentirse del pecado cometido, son algunas de las recomendaciones que se promueven en los talleres y seminarios creados para tal misión. Esta estrategia ha causado una gran polémica en el país, donde el 70% de su población se reconoce católica.
Oficialmente la Iglesia Católica no está en contra de los homosexuales, sino de que éstos atiendan su preferencia sexual. Ése es el verdadero problema, explicó el obispo de León (Guanajuato) José Guadalupe Martín Rábago. "El que alguien tenga una tendencia, una inclinación, no es un pecado. El pecado es realizar actos homosexuales, cuando se dan libremente y con conciencia", dijo a medios locales.
Una de las principales agrupaciones que promueve estos encuentros en México es Courage Latino, que de acuerdo con su página electrónica es "un apostolado de la Iglesia Católica conformada por una comunidad espiritual de hombres y mujeres que sufren por su condición de Atracción al Mismo Sexo (AMS) no deseada". No pretende curar la homosexualidad ni promueve la homofobia. Tampoco ofrece terapias psicológicas, pues su tarea, insiste, es sólo espiritual. Muchos de quienes atienen los talleres han tenido fuertes experiencias previas que les hacen cuestionar su preferencia sexual, pero otros acuden presionados por sus familias.
Esta corriente choca con la reciente decisión de la Suprema Corte de Justicia, que declaró legales los matrimonios entre personas del mismo sexo y también la posibilidad de que puedan adoptar. Con ello se demuestra que existe una gran diferencia, no sólo a nivel económico o social, sino también cultural entre la población mexicana.
Oficialmente la Iglesia Católica no está en contra de los homosexuales, sino de que éstos atiendan su preferencia sexual. Ése es el verdadero problema, explicó el obispo de León (Guanajuato) José Guadalupe Martín Rábago. "El que alguien tenga una tendencia, una inclinación, no es un pecado. El pecado es realizar actos homosexuales, cuando se dan libremente y con conciencia", dijo a medios locales.
Una de las principales agrupaciones que promueve estos encuentros en México es Courage Latino, que de acuerdo con su página electrónica es "un apostolado de la Iglesia Católica conformada por una comunidad espiritual de hombres y mujeres que sufren por su condición de Atracción al Mismo Sexo (AMS) no deseada". No pretende curar la homosexualidad ni promueve la homofobia. Tampoco ofrece terapias psicológicas, pues su tarea, insiste, es sólo espiritual. Muchos de quienes atienen los talleres han tenido fuertes experiencias previas que les hacen cuestionar su preferencia sexual, pero otros acuden presionados por sus familias.
Esta corriente choca con la reciente decisión de la Suprema Corte de Justicia, que declaró legales los matrimonios entre personas del mismo sexo y también la posibilidad de que puedan adoptar. Con ello se demuestra que existe una gran diferencia, no sólo a nivel económico o social, sino también cultural entre la población mexicana.
jueves, 2 de diciembre de 2010
Calderón y la guerra perdida
En esta ocasión no voy a ser yo la que opine o dé una información. Creo que con este artículo queda todo dicho.
Miércoles, 01 de Diciembre de 2010 00:00 Escrito por Fernando Coronel Landa
“El futuro se lee en las calles, las factorías y los cuarteles con más claridad que en la prensa”
La sombra del viento, Carlos Ruiz Zafón.
Cuando Felipe Calderón decide declararle la guerra al narcotráfico, lo hace para intentar recuperar la legitimidad perdida en la elección de 2006 y alejarse, lo más rápido posible, de ser percibido como un presidente débil. Así, hizo del combate a la inseguridad su prioridad de gobierno.
A cuatro años de haber tomado posesión como Presidente de la República y de haber emprendido esa guerra, el saldo para el presidente Calderón es claramente negativo.
Y no es que haya sido una equivocación haber enfocado sus acciones de gobierno a ese combate, sino la forma en que decidió hacerlo. Es decir, a un error grave en el diagnóstico -respecto de la fuerza y alcance del crimen organizado- le siguió un error en la formulación de la estrategia y en las acciones desplegadas para tratar de ganar una guerra que estaba, desde el momento mismo de su concepción, perdida.
La primera equivocación del presidente fue creer ilusamente que aniquilando a las cabezas de los cárteles iba a acabar con el narcotráfico. Baste con revisar algunas de las declaraciones que hizo a Julio Scherer el Mayo Zambada (Proceso, abril de 2010), el segundo a bordo del Cártel de Sinaloa, para darnos cuenta de la errónea estrategia de Calderón: “El gobierno llegó tarde a esta lucha y no hay quien pueda resolver en días problemas generados por años”.
Y, la más escalofriante de todas: “El narco está en la sociedad, arraigado como la corrupción”.
La segunda equivocación de Calderón consistió en haber involucrado en esa guerra al Ejército Mexicano. Si bien esta decisión respondió a la evidente superioridad -armada y logística- del crimen organizado frente a las policías federal, estatales y municipales, también fue porque el Ejército es hoy por hoy una de las instituciones que, pese a esta lucha, mantiene los más altos niveles de credibilidad y prestigio.
Lo que al presidente Calderón le urgía al iniciar su gobierno era precisamente dotarse de un manto de legitimidad y fortaleza, características que buscó equivocadamente mamar de los militares.
No fue casual que en uno de los primeros actos públicos que tuvo con el Ejército, el presidente decidiera colocarse la gorra de águila con cinco estrellas y una casaca verde olivo, tratando de simbolizar, forzadamente, lo que la Constitución le dicta: ser el jefe supremo de las Fuerzas Armadas.
Y de aquí se desprende un tercer error: tratar de ganarle la guerra al narcotráfico a través del manejo de símbolos y de tácticas mediáticas; terreno en el cual, hoy, el presidente tiene también la batalla perdida. Aquí algunos datos que así lo reflejan: 49 por ciento de los ciudadanos piensan que los operativos contra el narcotráfico han sido un fracaso.
En contraste, en el lapso de cinco meses cayó de 48 a 23 el porcentaje de ciudadanos que opinan que el gobierno va ganando la lucha a la delincuencia. Más dramático aún: subió de 71 a 83 por ciento quienes piensan que la inseguridad está peor hoy que la que se vivía hace un año (Mitofsky, noviembre de 2010).
Más allá de la percepción ciudadana, en la que Calderón sale claramente reprobado, están los datos duros: son 28 mil los muertos, reconocidos por el propio gobierno, los que van en este sexenio producto del combate a la delincuencia. Esto sin incluir la cifra negra (no considerada en la medición oficial). Según los expertos, en los últimos 10 meses ha habido más asesinatos que en los seis años de Fox.
Si estos números los contrastamos con el principal objetivo trazado por Calderón en su lucha contra el narcotráfico -recuperar los espacios públicos que habían sido secuestrados violentamente por los carteles de la droga- obtenemos un balance dramático para el presidente: lejos de recuperar esos espacios se tiene una sociedad cada vez más temerosa del crimen organizado y desconfiada de las autoridades encargadas de combatirlo.
Me solidarizo con el ICESI
Por si fuera poco, y en lo que parece otro intento desesperado del gobierno por disimular su fracaso en el combate a la delincuencia, se toma la desafortunada decisión de arrebatar al Instituto Ciudadano de Estudios Sobre la Inseguridad, ICESI, la función que ha venido desempeñando desde hace años como la organización ciudadana por excelencia encargada de medir, de manera objetiva, la percepción que existe en la sociedad sobre este tema, para dársela al INEGI y controlar más la información. ¿A qué le teme el gobierno federal? ¿A que una organización como el ICESI continúe develando la cruda realidad que vivimos lo mexicanos agobiados por la inseguridad? ¿Le teme acaso a que siga siendo la gente la que hable y evidencie la ausencia de eficacia y de visión de Estado con la que el gobierno mismo emprendió esta guerra que los ciudadanos nunca le pedimos?
Miércoles, 01 de Diciembre de 2010 00:00 Escrito por Fernando Coronel Landa
“El futuro se lee en las calles, las factorías y los cuarteles con más claridad que en la prensa”
La sombra del viento, Carlos Ruiz Zafón.
Cuando Felipe Calderón decide declararle la guerra al narcotráfico, lo hace para intentar recuperar la legitimidad perdida en la elección de 2006 y alejarse, lo más rápido posible, de ser percibido como un presidente débil. Así, hizo del combate a la inseguridad su prioridad de gobierno.
A cuatro años de haber tomado posesión como Presidente de la República y de haber emprendido esa guerra, el saldo para el presidente Calderón es claramente negativo.
Y no es que haya sido una equivocación haber enfocado sus acciones de gobierno a ese combate, sino la forma en que decidió hacerlo. Es decir, a un error grave en el diagnóstico -respecto de la fuerza y alcance del crimen organizado- le siguió un error en la formulación de la estrategia y en las acciones desplegadas para tratar de ganar una guerra que estaba, desde el momento mismo de su concepción, perdida.
La primera equivocación del presidente fue creer ilusamente que aniquilando a las cabezas de los cárteles iba a acabar con el narcotráfico. Baste con revisar algunas de las declaraciones que hizo a Julio Scherer el Mayo Zambada (Proceso, abril de 2010), el segundo a bordo del Cártel de Sinaloa, para darnos cuenta de la errónea estrategia de Calderón: “El gobierno llegó tarde a esta lucha y no hay quien pueda resolver en días problemas generados por años”.
Y, la más escalofriante de todas: “El narco está en la sociedad, arraigado como la corrupción”.
La segunda equivocación de Calderón consistió en haber involucrado en esa guerra al Ejército Mexicano. Si bien esta decisión respondió a la evidente superioridad -armada y logística- del crimen organizado frente a las policías federal, estatales y municipales, también fue porque el Ejército es hoy por hoy una de las instituciones que, pese a esta lucha, mantiene los más altos niveles de credibilidad y prestigio.
Lo que al presidente Calderón le urgía al iniciar su gobierno era precisamente dotarse de un manto de legitimidad y fortaleza, características que buscó equivocadamente mamar de los militares.
No fue casual que en uno de los primeros actos públicos que tuvo con el Ejército, el presidente decidiera colocarse la gorra de águila con cinco estrellas y una casaca verde olivo, tratando de simbolizar, forzadamente, lo que la Constitución le dicta: ser el jefe supremo de las Fuerzas Armadas.
Y de aquí se desprende un tercer error: tratar de ganarle la guerra al narcotráfico a través del manejo de símbolos y de tácticas mediáticas; terreno en el cual, hoy, el presidente tiene también la batalla perdida. Aquí algunos datos que así lo reflejan: 49 por ciento de los ciudadanos piensan que los operativos contra el narcotráfico han sido un fracaso.
En contraste, en el lapso de cinco meses cayó de 48 a 23 el porcentaje de ciudadanos que opinan que el gobierno va ganando la lucha a la delincuencia. Más dramático aún: subió de 71 a 83 por ciento quienes piensan que la inseguridad está peor hoy que la que se vivía hace un año (Mitofsky, noviembre de 2010).
Más allá de la percepción ciudadana, en la que Calderón sale claramente reprobado, están los datos duros: son 28 mil los muertos, reconocidos por el propio gobierno, los que van en este sexenio producto del combate a la delincuencia. Esto sin incluir la cifra negra (no considerada en la medición oficial). Según los expertos, en los últimos 10 meses ha habido más asesinatos que en los seis años de Fox.
Si estos números los contrastamos con el principal objetivo trazado por Calderón en su lucha contra el narcotráfico -recuperar los espacios públicos que habían sido secuestrados violentamente por los carteles de la droga- obtenemos un balance dramático para el presidente: lejos de recuperar esos espacios se tiene una sociedad cada vez más temerosa del crimen organizado y desconfiada de las autoridades encargadas de combatirlo.
Me solidarizo con el ICESI
Por si fuera poco, y en lo que parece otro intento desesperado del gobierno por disimular su fracaso en el combate a la delincuencia, se toma la desafortunada decisión de arrebatar al Instituto Ciudadano de Estudios Sobre la Inseguridad, ICESI, la función que ha venido desempeñando desde hace años como la organización ciudadana por excelencia encargada de medir, de manera objetiva, la percepción que existe en la sociedad sobre este tema, para dársela al INEGI y controlar más la información. ¿A qué le teme el gobierno federal? ¿A que una organización como el ICESI continúe develando la cruda realidad que vivimos lo mexicanos agobiados por la inseguridad? ¿Le teme acaso a que siga siendo la gente la que hable y evidencie la ausencia de eficacia y de visión de Estado con la que el gobierno mismo emprendió esta guerra que los ciudadanos nunca le pedimos?
Asesinada en el norte de México la primera jefa municipal de policía
Hermila García Quiñones, la primera mujer mexicana en convertirse en jefa de la policía, fue asesinada el pasado lunes por un grupo de hombres armados cuando se dirigía en coche a su puesto de trabajo, sola y sin escolta. Hermila, de 38 años, llevaba apenas un mes y medio ocupando el cargo de directora de Seguridad Pública del municipio de Meoqui, a unos 70 kilómetros al sur de Chihuahua.
El portavoz de la Fiscalía General de Chihuahua, Carlos González, ha informado de que García Quiñones murió acribillada a primera hora de la mañana del lunes hora local, unos cinco minutos después de haber salido de su casa rumbo a su trabajo. Al parecer, los sicarios la seguían en los dos camionetas y le dieron alcance a la altura del poblado de Los García, a unos 10 kilómetros de Meoqui. Allí, la obligaron a bajar de su coche y le descerrajaron al menos tres disparos sobre la cera. Sucedió en menos de dos minutos frente a una tienda de importaciones y no hay testigos.
García accedió al cargo el pasado 9 de octubre, fecha en la que se convirtió en la primera mujer policía de todo el país con 90 agentes bajo su mando. Anteriormente, fue fiscal federal en la ciudad de Delicias, en el mismo Estado. Era soltera, sin hijos y se convirtió en la primera mujer al frente de una policía municipal. Otras mujeres han seguido su ejemplo. Hace un mes, Marisol Valles García, una joven universitaria de 20 años, asumió la jefatura de la policía del municipio de Praxedis G. Guerrero, al este de Ciudad Juárez.
El portavoz de la Fiscalía General de Chihuahua, Carlos González, ha informado de que García Quiñones murió acribillada a primera hora de la mañana del lunes hora local, unos cinco minutos después de haber salido de su casa rumbo a su trabajo. Al parecer, los sicarios la seguían en los dos camionetas y le dieron alcance a la altura del poblado de Los García, a unos 10 kilómetros de Meoqui. Allí, la obligaron a bajar de su coche y le descerrajaron al menos tres disparos sobre la cera. Sucedió en menos de dos minutos frente a una tienda de importaciones y no hay testigos.
García accedió al cargo el pasado 9 de octubre, fecha en la que se convirtió en la primera mujer policía de todo el país con 90 agentes bajo su mando. Anteriormente, fue fiscal federal en la ciudad de Delicias, en el mismo Estado. Era soltera, sin hijos y se convirtió en la primera mujer al frente de una policía municipal. Otras mujeres han seguido su ejemplo. Hace un mes, Marisol Valles García, una joven universitaria de 20 años, asumió la jefatura de la policía del municipio de Praxedis G. Guerrero, al este de Ciudad Juárez.
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